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Un poco de buen sentido

Un poco de buen sentido

Por FERNANDO H. CARDOSO

En una frase famosa, el filósofo francés René Descartes (1596-1650), aseguró que el buen sentido es la facultad mejor repartida en todo el mundo. En su época, bon sens se referí a la razón. Traducido para la actualidad: La inteligencia de la gente se distribuye siguiendo una curva normal. Puede ser. Pero el “common sense” (sentido común) de los estadounidenses es otra cosa: la sabiduría. Pero sea en el significado francés o en el inglés, parece que el mundo de hoy ha perdido el sentido.

¿De hoy? Es muy común que quienes toman las decisiones se preocupen poco por los días futuros. El tiempo pasa y quien paga la cuenta son las generaciones futuras.

La falta de sentido viene de muy atrás. Basta mirar lo que vimos apenas esta semana. Ya sea el Estado Islámico, sea quien fuera responsable de los ataques terroristas en Turquía, estos son respuestas irracionales a actos también irracionales del pasado.

¿No fue el colonialismo inglés el que dividió el Medio Oriente en estados naciones que controlan etnias, religiones y culturas distintas?

En África, ¿no contaron los ingleses con la activa participación de los franceses y demás potencias occidentales para crear países artificiales?

Y recientemente, ¿no fueron los estadounidenses en Irak, los europeos en Libia y todos juntos en Siria los que lanzaron intervenciones para restablecer el “buen gobierno” y dejaron a los países divididos e ingobernables?

¿Y no fueron otras personas las que pagaron con su vida, muchos años después, el ardor misionero de los terroristas de varios tipos?

Recientemente, la mayoría de los británicos votó para separar al Reino Unido de la Unión Europea. Solo después se asustaron. ¿Y mañana acaso no podrían los estadounidenses embromarse a sí mismos (y a todo el mundo) y elegir al empresario Donald Trump como presidente? Yo espero que no. Pero en cualquier caso (y aunque los ingleses tengan sus argumentos contra la “burocracia de Bruselas”), las consecuencias, como la sabiduría de José Maria de Eça de Queiroz (escritor portugués 1845-1900) hacía decir al consejero Acacio, vienen siempre después.

Escribo esto no para justificar, sino para tratar de explicar algo de lo que ocurre entre nosotros, los brasileños. Así como en el pasado, otra visión del mundo pudo llevar a algunos pueblos, momentáneamente, a la insensatez, y esta cobró su precio en el transcurrir del tiempo, en el mundo actual hay un sentimiento en contra del orden establecido que podría cobrar un precio muy alto en el futuro. Por motivos comprensibles, está de moda poner en la picota a la política y a los políticos. No es sólo en Brasil y es algo que viene de muy atrás.

Todos ven y saben que la vida puede ser mejor, sienten que el progreso material genera oportunidades, pero que de ellas se apoderan algunos, no todos

El mismo movimiento que llevó a la ampliación de la interacción social, saltando grupos, estados y naciones, basado en el acceso a la información y a las nuevas tecnologías, ha puesto en jaque a las instituciones tradicionales, tanto en las dictaduras como en las democracias representativas. Fue lo que ocurrió en la “primavera árabe”, así como en el movimiento de los “indignados” de España y ahora en el flujo contra Bruselas de la Gran Bretaña.

No es de otra índole el extraño tipo de protesta que le permitió a Trump derrotar a los “dueños” del Partido Republicano, y el susto que el senador de Vermont, Bernie Sanders (precandidato del Partido Demócrata), le metió a Hillary Clinton (ex secretaria de Estado de los Estados Unidos).

Por todos lados hay un malestar, una inconformidad: Todos ven y saben que la vida puede ser mejor, sienten que el progreso material genera oportunidades, pero que de ellas se apoderan algunos, no todos.

De ahí se deriva, como del desempleo, que es la otra faceta de la desigualdad básica en la apropiación de oportunidades, una insatisfacción generalizada que se dirige contra “los de arriba”. El horizonte parece nublado pero no al grado de impedir que “los de abajo” vislumbren el buen tiempo que brilla para algunos, lo cual los irrita. E irrita aún más todavía cuando hay una sensación de impotencia porque los que saben y poseen tienen ventajas desproporcionadas ante la mayoría que solo ve pasar ante ella el tren de la historia.

Esa constatación solo aumenta la angustia y la responsabilidad de los que tienen noción de ella. Y vemos en Brasil, a nuestro modo, algo de eso. Hay responsables, pero no viene al caso acusar. Probablemente algunos de ellos, si fueron honestos intelectualmente, se estén preguntando por qué no vieron antes que endeudar irresponsablemente al país, aunque fuera con el pretexto de aumentar momentáneamente el bienestar del pueblo y crear la ilusión de crecimiento económico, sería algo ruinoso que acabarían pagando las generaciones futuras.

Digo que hay tiempos en que el sistema político actual (electoral y partidista) está “agusanado”. No nos engañemos. Sin instituciones políticas de alguna forma y sin políticos que las manejen, no será suficiente poner a los corruptos tras las rejas para purgar los errores en la conducción de la economía y la política.

Que vaya a la cárcel quien fuera responsable, pero que no se confunda todo: No todos los políticos basaron su trayectoria en las transgresiones y no todos los que financiaron la política, así como los que recibieron ayuda financiera, otorgaron o recibieron “propinas”. Si no se distingue lo que fue un donativo electoral dentro de la ley de lo que fue “caja dos”, y esta de lo que fue un acuerdo criminal entre gobierno, partidos, funcionarios y empresarios, le haremos el juego a la noción de que “todos son iguales”.

Si así fuera, ¿qué salida habría? Es hora de juntar a las fuerzas no comprometidas por la delincuencia, y estas existen en varios sectores del espectro político, para que vuelva a imperar el buen sentido y para que podamos recrear a las instituciones, entendiendo que en el mundo contemporáneo, la transparencia no es una virtud sino un imperativo.

Y, por el otro lado, que si no hubiera medios institucionales para decidir y legitimar lo que queremos, no saldremos de la ilusión y la perplejidad.

No es hora solamente de acusaciones, sino también de la búsqueda de convergencias.

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